La muerte del embajador y el nacimiento de un héroe

AP-Burhan Ozbilici

Las fotos de la muerte del embajador ruso en Turquía inevitablemente se suman a las reflexiones sobre el impacto de la imagen en la sociedad actual. Diferentes posiciones se asoman: mientras unos se centran en el endiosamiento del fotógrafo y su temple al capturar el hecho; otros cuestionan su registro por insertarse en el sistema propagandístico del terrorismo que se sirve de los medios para amplificar sus acciones, al punto que sus métodos se viralizan por el ecosistema comunicacional sin pagar un espacio o desarrollar una campaña en los términos tradicionales, en este sentido el alcance de los acontecimientos es el punto de atención pues no sólo se impacta a unos cuantos protagonistas o afectados directos, sino a millones de espectadores hiperconectados.

El relato del fotógrafo Burhan Ozbilici, publicado en el blog de la agencia AP y replicado por numerosos medios, abre otros focos de reflexión a partir de afirmaciones como las siguientes:

“Los disparos, al menos ocho, sonaron fuerte en la prístina galería de arte. El pánico se desató. La gente gritaba, se escondía detrás de las columnas y bajo las mesas, se tiraba boca abajo al suelo. Estaba asustado y confundido, pero me cubrí parcialmente contra un muro e hice mi trabajo: fotografiar.” Este fragmento, a medio camino entre descripción y confesión, evoca la postura de quien asume su rol. De quien como cualquiera puede llegar a sentir miedo, pero no se paraliza, sino que opta por hacer su trabajo, como puede ocurrir con un bombero, un médico, un piloto… Alguien que conoce su oficio y sus riegos: “Aunque me hieran o me maten, estoy aquí, soy un periodista y debo hacer mi trabajo.” Acá se asoma la valentía que estimula la construcción de un héroe, arquetipo de la combinación de la sociedad del espectáculo y la iconosfera, donde los sujetos extraordinarios son demandados y fabricados según los intereses de turno.

Con esto no pretendo opacar o disminuir el coraje de quien se atrevió a registrar el hecho desde la cercanía, a pocos metros del atacante Mevlüt Mert Altıntaş, mostrando su rostro, pose y actitud.

Abundan testimonios de fotógrafos que narran cómo el riesgo paraliza o estimula las fuerzas necesarias para hacer la toma y lograr la imagen. Ciertamente, es una actitud admirable que me hace recordar los relatos de otros reporteros que en situaciones extremas cuentan cómo la cámara les proporciona cierto tipo de protección, cómo prefieren tapar su rostro con el aparato y mirar por el visor como si esto los hiciera invisibles, como si fuera un escudo que les brinda resguardo en medio de la adrenalina y las tensiones. La cámara se convierte en una especie de máscara o capa de invisibilidad al estilo Harry Potter.

“Pensé en los amigos y colegas que han muerto haciendo fotografías en zonas de conflicto a lo largo de los años.” Es aquí donde empiezo a confundirme y perderme. El instinto y el riesgo exaltados se convierten en interrogantes donde sobredimensionar y desvirtuar se conjugan en presente. Surgen otros cuestionamientos sobre la fotografía icónica y una memoria colectiva cada vez más insensible; la disyuntiva entre el valor de la imagen y el valor de la vida del fotógrafo; la glorificación de la imagen y la distracción de la realidad que la genera, del trasfondo y contexto de la fotografía; el nacimiento de una imagen y la muerte de un sujeto que yace junto a un eufórico terrorista.

En todo caso, Burhan Ozbilici hizo su trabajo, documentó un hecho y dejó evidencia de sus implicaciones. El devenir de la imagen no es cierto, pero si es predecible que se moverá entre las escurridizas arenas del premio y el galardón, lo que no le resta ni le suma valor en sí misma, sino que más bien simplifica el complejo entramado del poder de la foto y el fotógrafo como parte del sistema de poder global-mediatizado que significa y resignifica un mismo acontecimiento, en un ir y venir de episodios que componen una suerte de galería histórica, donde actores y definiciones se alternan y confunden. Así, el asesinato del embajador ruso me hizo recordar una cita del artículo “La historia de la foto que retrató la muerte de Robert F. Kennedy” de Alejandro Millán Valencia:

“Disparar es un verbo que sirve de la misma manera para quien tiene un arma y para quien tiene una cámara fotográfica. Es la palabra precisa para determinar la activación del mecanismo. Algunas veces, el segundo registra lo que ha hecho el primero.”

Finalmente, la imagen en sí misma merece otras consideraciones que también se enmarcan en la espectacularización y escenificación del propio hecho. Al fondo, las fotos de la exposición que se inauguraba subrayan la exacerbada visualidad de nuestra época, en la que “veo, luego existo”, “veo, luego creo”, “veo, luego siento”. En un ejercicio especulativo podríamos referirnos a los anteojos en el suelo que enfatizan la importancia de mirar, de siempre visualizar. Un micrófono se cuela como parte de una utilería que potencia el grito mudo de la imagen. No hace falta la sangre, está implícita en el cuerpo caído, las suelas gastadas de los zapatos indican que es un hombre de camino andado.

Desde el marketing comunicacional la imagen parece el fotograma de una película de acción o un cartel promocional, fácilmente el joven Mevlüt Mert Altıntaş puede confundirse con un actor que domina cada elemento y sabe moverse en el escenario, y un director que maneja la composición y el encuadre a su discreción. Esto no es casual, es el resultado de una cultura visual donde todo cuenta, hay poca ingenuidad y mucha intencionalidad. El atacante estuvo consciente de esto, conocía la presencia de cámaras y medios de comunicación, de allí su postura, su actitud, su traje, sus palabras. Sabía también que era su acto de inmolación, un sacrificio que reúne su creencia y su denuncia y que trascendería más allá del tiempo y espacio concreto en el que cometió un crimen que muchos prefieren reducir a un titular o performance, jerarquizando ambiguamente, ponderando el nacimiento del héroe fotográfico por encima de la muerte de la víctima y su victimario. Es aquí cuando las sombras distorsionan y opacan el sentido de la imagen.

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Johanna Pérez Daza
JOHANNA PÉREZ DAZA: Periodista, magíster en relaciones internacionales, cursando actualmente un doctorado en Ciencias Sociales. Coordinadora de la maestría en comunicación social de la UCV. Investigadora y docente del Instituto de Investigaciones de la Comunicación (ININCO – UCV). Cursó estudios de fotografía en la Escuela de Artes Visuales Rafael Monasterios y en Prada Escuela de Fotografía, además de realizar seminarios y talleres con maestros nacionales e internacionales. Su trabajo de grado en comunicación social sobre la fotografía periodística obtuvo mención honorífica y publicación. Ha publicado artículos académicos en revistas nacionales y extranjeras, así como conferencista en diversos eventos académicos y culturales. Ha sido profesora de: fotografía publicitaria y fotografía periodística (Universidad Bicentenaria de Aragua). Actualmente dicta talleres de “narrativa fotográfica” y las asignaturas “visiones y ficciones de la fotografía” (Escuela de Artes UCV), “Imagen y comunicación en la Sociedad Red” (Maestría en Comunicación UCV). Es asesora, tutora y jurado de trabajos de grado relacionados con la fotografía.

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