Nada se acopla con nada aquí

Y de tanto animal muerto en el cementerio de huesos filosos de mi memoria

Y de tantas monjas como cuervos que se precipitan a hurgar entre mis piernas

La cantidad de fragmentos me desgarra

Impuro diálogo

Un proyectarse desesperado de la materia verbal

Liberada de sí misma

Naufragando en sí misma

Alejandra Pizarnik

 

La memoria es un acto movilizador que posibilita la reafirmación identitaria. Supone una acción en el presente desde la cual el pasado no aparece como una realidad unívoca; sino que posee una verdad propia que radica más que en la exactitud de los hechos en el relato y la interpretación de ellos. La memoria, sus intervenciones y sus implicancias responden a relaciones de poder en las que se insertan las diferentes identidades y las cuales son parte de procesos y de contextos que las sobrepasan, pero que de igual manera inciden en ellas, les entregan sustento, justificación y un marco de referencia.

Para Jöel Candau “La pasión memorialista puede revelar un rechazo de la representación que nos hacemos de nuestra identidad actual proyectando en el pasado -y, a menudo al mismo tiempo, en el futuro- una imagen de lo que querríamos ser: imagen obsesionante que niega el cambio y la pérdida, o imagen alucinada de la belleza de lo nuestro, construida a partir de archivos, de huellas, de monumentos, de objetos, de reliquias, de ruinas y de vestigios”[1]. Una fotografía puede evocar recuerdos, puede traer desde el pasado una reminiscencia y despertar emociones que descansaban en el inconciente del observador, pero aquello que se está observando no es la realidad, sino una imagen.

Conservar una fotografía familiar es un acto de reafirmación identitaria mediante el cual el individuo se conecta con su origen, entablando un vínculo visual con aquellas personas que puede identificar como significativas en su trayectoria vital, en su existencia. “Se entiende la fotografía como una aguda manifestación de! «yo» individualizado, la identidad privada y huérfana a la deriva en un mundo abrumador, que domina la realidad mediante una rápida antología visual”[2].

El Proyecto “Palimpsesto 1226-2012” es una narración visual, inquietantemente íntima, sobrecogedora y profunda. Narra un viaje, una búsqueda, una reescritura. Su autora, Teresa Arana Migliassi, trabaja de manera autobiográfica el tema de la adopción, en primera persona. “El concepto Palimpsesto alude a datos borrados y reescritos. Este proyecto representa un esfuerzo por reconstruir a través de imágenes y archivos aquello que fue omitido: mi origen. En el fondo estaban allí las huellas de una historia que es mía, pero que por un tiempo se mantuvo oculta, dando lugar a quien soy hoy”[3]. A través de fotografías, videos y documentos, nos hacemos parte de una historia que está en construcción, los fragmentos de documentos se ligan a las fotografías de forma que se mantiene un constante ir y venir del pasado.

Se narra el proceso de separación de la familia en paralelo a la presentación de ésta: fotos de rostros y el interior de una casa le dan visualidad  y otorgan el sustento para comprender el inicio de esta historia, al tiempo que los documentos del Servicio Nacional de Menores nos relatan la historia de muchas madres y de muchos padres, que son apartados de sus hijos e hijas. Mediante el término ‘inhabilidad parental’, se ha institucionalizado una forma de ser y de no ser padre/madre que es evaluada por el Estado, y mediante la cuál se pretende “proteger” a niños y niñas de la pobreza, pero con la consecuencia de condenarles al desarraigo.

Porque, convengamos en que las políticas públicas enfocadas a la infancia van orientadas a una clase de infancia en particular: la infancia pobre. ‘Vulnerable’ dirán los especialistas, cuando en realidad es ‘vulnerada’ la palabra adecuada. En las clases privilegiadas nadie entrará a las casas a evaluar si la madre o el padre tienen condiciones para serlo: sólo en las clases populares, como si el dinero fuera sinónimo de criar con amor, de no sufrir, de jamás equivocarse, y su ausencia, significara lo contrario. La condición material, en consecuencia, resulta en la delgada línea que separa la vida en familia de la institucionalización.

En Chile, la política pública de infancia se encuentra entregada al Sename y, a través de la Ley 20.032, a organismos colaboradores que ejecutan diferentes líneas de acción. Las residencias son una de las líneas de intervención del Servicio, enfocada en aquellos niños, niñas y adolescentes que han sufrido vulneraciones graves en sus derechos y que no tienen posibilidad de vivir con su familia de origen, ni con ningún otro cuidador como referente de protección, por lo cual el Estado, por medio de una resolución judicial, decide que dicho niño o niña debe ser separado de sus cuidadores e internado en una residencia de protección. Este tipo de intervencion, por consideraciones internacionales, debiese ser una medida de último recurso, y los niños y niñas debiesen permanecer el menor tiempo posible en dichas instituciones, pues uno de los derechos del niños, niña y adolescente es, justamente, el derecho a vivir en familia. El Estado entonces debe apoyar a la familia de origen en sus habilidades parentales y vínculo con el niño o niña y, cuando ello no es posible, ejercer las acciones necesarias para que se lleve a cabo la adopción, siempre velando por asegurar el derecho de ese niño de vivir en familia.

Hasta el año 2014 existian en Chile 275 residencias, que se encargan de 9.647 niños y niñas, un 48% de los cuales permanece en la residencia un tiempo igual o mayor a la mitad de su edad. Los adolescentes que cumplen 18 años estando en una residencia, han permanecido un promedio de 15 años institucionalizados[4]. Existe una responsabilidad y una deuda enorme de toda la sociedad para con esos niños y niñas. La responsabilidad de reconocerles y otorgarles el valor que tienen, y la deuda con la historia y la memoria de esos niños y niñas, los cuales, privados de su origen y de sus vínculos, se los priva también de su identidad. La separación, aunque logre proteger los derechos del niño o la niña, de igual forma los vulnera: la identidad también es un derecho.

En Palimpsesto 1226-2012 nos encontramos frente a un acto de enorme valentía: “Como una forma de exposición, o de demostrar que aquello que quiso ser borrado puede volver a aparecer y significar, Palimpsesto 1226-2012 renueva los contrastes de viejas historias que nunca llegaron a ocurrir. Los contrastes y claroscuros de una vida que no es la propia, que da esperanzas, que destruye, que enfurece. Es la búsqueda infatigable, obsesionada, persistente. Es la imagen de quien captura exponiéndose a sí mismo tras y a través del lente, reflejando verdades escondidas durante años. Sacar a la luz lo que fue silenciado: lanzarse al vacío y esperar lo mejor. Siempre lo mejor”[5]. La necesidad de la identidad es motivada por el sentimiento de desarraigo, y en palabras de Susan Sontag “se ve a la fotografía como un medio de encontrar un lugar en el mundo (aún vivido como abrumador, extraño) porque permite entablar con él una relación distante, soslayando las exigencias molestas e insolentes de la identidad”[6]. Es en la búsqueda de los orígenes donde la fotógrafa Teresa Arana se encuentra consigo misma, inscribiendo su memoria en fotografías y fragmentos de documentos, vulnerándose para reafirmarse, sobreescribiendo en su propia historia, borroneando sus orígenes para existir, para no dudar más de aquello. El Proyecto Palimpsesto 1226-2012 es un acto de valentía incuestionable, que además de limpiar heridas nos hace cuestionarnos sobre realidades que suelen estar ocultas a nuestros ojos: los niños invisibles suelen llamarles, pero no son invisibles, son ocultados y sus derechos invisibilizados. Son un número, y a veces, el títular de una siempre desafortunada noticia. Lissette falleció el lunes 11 de abril del 2016 de un paro respiratorio dentro de un centro del Sename de la comuna de Estación Central. A Lissette, la institución la veía como un caso, con un número. Pensémosla nosotros como otro bello Palimpsesto: “Un torbellino de sinsentidos y de vacíos que te carcome y, con la valentía propia de la gente herida, desmoronas montaña tras montaña y te desmoronas tú también. Madres todas las que no son madres. Hijas todas las que tuvieron que nacer de nuevo”[7].

[1]     Candau, Joël. (2008) Memoria e identidad. Ediciones Del Sol, Buenos Aires. Pg. 15.

[2]     Sontag, Susan. (2006) “Sobre la fotografía”. Alfaguara, México D. F. Pg. 170.

[3]     Teresa Arana Migliassi en Ponencia Difusión, uso y resignificación del Archivo, Chile Archivos 2015

[4]     Informe Anual Derechos Humanos Universidad Diego Portales 2014.

[5]     TextoCuratorialdeGabrielaGay.

[6]     Sontag, Susan. (2006) “Sobre la fotografía”. Alfaguara, México D. F. Pg. 170.

[7]     Texto Curatorial de Gabriela Gay.

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Paloma Gonzalez

PALOMA GONZÁLEZ/Egresada de Antropología Social de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, en Santiago de Chile. Participa como educadora en el proyecto educativo chileno La Otra Educación, donde coordina la Escuela Libre La Faena. Colabora en la Revista Imagenario, de Chile, como autora de la sección Huellas, en la cual analiza las obras de destacados fotógrafos chilenos desde una mirada narrativa y social.

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