En la fotografía, algunas cosas se modifican y otras se mantienen inamovibles. Pese a las transformaciones, hay aspectos que se resisten al cambio ya que como afirma Cristina García Rodero: “la sociedad va avanzando y cada vez es menos machista, pero la fotografía no.” Esta fotógrafa, que en 2009 se convirtió en la primera española en ingresar en la agencia Magnum, ha vivido en carne propia las vicisitudes de una fotografía que se afianza en la visión patriarcal, donde lo femenino transita el menosprecio, el espectáculo y la caracterización complaciente, adecuada a estándares e intereses de turno.

Un reducido concepto de belleza, capacidades apocadas y limitaciones impuestas acompañaron los primeros años de la masificación de la fotografía. Las empresas y la publicidad echaron mano de una mujer distorsionada, mitigando la anhelada superioridad masculina con premisas y eslóganes aún más peligrosos.

Al estudiar la relación de la mujer con la fotografía, encontramos que algunos autores se han centrado en la mujer como sujeto y objeto, otros desde la perspectiva histórica, o del oficio. No faltan las perspectivas feministas y las que escarban en la mirada femenina. En este abanico es interesante puntualizar un aspecto concreto que, teniendo como punto de partida la relación mujer-fotografía, explora el tratamiento que, inicialmente, la publicidad -sobre fotografía- le dio a la mujer.

Con la torpe excusa de acercar la fotografía a las masas se posicionaron frases en las que subyacía un mensaje “tan fácil que hasta una mujer podía hacerlo”. Los avisos de Kodak fueron emblemáticos en este sentido. “The Kodak Girl” se convirtió en la figura que registraba los momentos familiares, vacaciones, paseos y navidades. Su imagen impecable, bien vestida, peinada y arreglada, mostraba la comodidad y facilidad de un acto fotográfico que requería insumos, equipos y procesos al alcance de todos. De ser relegada, de pronto, el mercado vio en las mujeres ese sujeto que podría apretar el botón y registrar al padre, al deportista, al jefe de la casa, el ejecutivo.

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Mientras el hombre se encargaba del trabajo fuerte e intelectual, las mujeres eran confinadas a tareas más sencillas consideradas de menor esfuerzo físico e intelectual, las tareas del hogar, las manualidades y la fotografía entraban en estas categorías permitidas.

Era, sin embargo, una mujer que debía resaltar la marca y opacarse de ser necesario, es decir llamar la atención, sin acapararla, sin desviar el objetivo.

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Adentrados en el siglo XX, la cosificación de la mujer se intensifica con la publicidad, siendo el ámbito fotográfico el canal ideal para mostrar, exhibir, desnudar y deshumanizar a través de la tiranía visual y sus cánones comerciales inquebrantables en cuanto a contextura (delgadas), color de piel (blancas) y estatura (altas).

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El cuerpo femenino se convierte en protagonista, en una forma de comercializar y posicionar un ideal. El hombre rodeado de carne fresca sonríe complacido. Esta tendencia publicitaria privilegia el goce visual introduciendo elementos sexuales, que seducen, persuaden y, por supuesto, elevan las ventas.

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La publicidad va estandarizando la fórmula. La imagen femenina acompaña cualquier producto, las referencias sexuales no faltan, convirtiendo a la musa del arte en meretriz del mercado. Carros, motos, relojes, perfumes, maquinarias, artículos deportivos… todo cabe en el carrito de compras que arrastra una mujer semidesnuda de proporciones exuberantes.

Esto dio pie a productos centrados exclusivamente en el cuerpo de la mujer y su tratamiento fotográfico direccionado al público masculino. La revista Playboy es quizás el caso más emblemático de esta corriente que, desde 1953, ha potenciado la llamada fotografía glamour en la cual las modelos son retratadas de una manera sugerentemente sexual, donde el erotismo y el desnudo se imponen. Este eufemismo visual es alternado con imágenes más directas que remiten a la pornografía y a la utilización de la mujer para el entretenimiento masculino.

Así, desde la chica Kodak a la conejita Playboy, distintas marcas se han valido de la fotografía para vender a través de las mujeres, concebidas como objeto de deseo, lujuria y seducción. En este sentido, la fotografía es utilizada para atraer y complacer al hombre, por lo que prevalece la mirada masculina como productora y consumidora. Esto no supone la victimización de la mujer sino, más bien, un acercamiento crítico y cauteloso que ofrezca otra perspectiva. Es pues necesario una revisión de la identidad femenina desde la fotografía que se distancie de la   mujer como ornamento, vitrina o trofeo.

 

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Johanna Pérez Daza

JOHANNA PÉREZ DAZA: Periodista, magíster en relaciones internacionales, cursando actualmente un doctorado en Ciencias Sociales. Coordinadora de la maestría en comunicación social de la UCV. Investigadora y docente del Instituto de Investigaciones de la Comunicación (ININCO – UCV).
Cursó estudios de fotografía en la Escuela de Artes Visuales Rafael Monasterios y en Prada Escuela de Fotografía, además de realizar seminarios y talleres con maestros nacionales e internacionales. Su trabajo de grado en comunicación social sobre la fotografía periodística obtuvo mención honorífica y publicación.

Ha publicado artículos académicos en revistas nacionales y extranjeras, así como conferencista en diversos eventos académicos y culturales.

Ha sido profesora de: fotografía publicitaria y fotografía periodística (Universidad Bicentenaria de Aragua). Actualmente dicta talleres de “narrativa fotográfica” y las asignaturas “visiones y ficciones de la fotografía” (Escuela de Artes UCV), “Imagen y comunicación en la Sociedad Red” (Maestría en Comunicación UCV). Es asesora, tutora y jurado de trabajos de grado relacionados con la fotografía.

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