Liza Ambrossio, artista visual mexicana instalada en Madrid, es una de las fotógrafas más jóvenes y prometedoras del momento. Ganadora de la Beca Descubrimientos del Festival PhotoEspaña y La Fábrica, y de la Sexta Edición de Becas Talento Fotografía TAI, galardonada con el Premio Nuevo Talento FNAC, y el Premio Voies Off de Arlés, la fotógrafa construye una obra que destaca por la presencia de archivos macabros, pinturas crípticas, psicología, pesadillas lúcidas, ciencia ficción y brujería.

Liza Ambrossio: Yo soy mexicana y, al ser mexicana, tengo una fuerte relación con la muerte. Y mi relación con la muerte se ve expresada en todo mi trabajo. Por eso empiezo a fotografiar niños muertos, gente muerta… Durante casi dos años me obsesiono con la idea de trabajar en “La Nota Roja”. “La Nota Roja” es un tipo de fotoperiodismo que es único en México. La gente compra periódicos donde la primera página es un decapitado o una persona que ha sido torturada por el narcotráfico, y la última página es una chica sensual y semidesnuda. Entonces, durante esos dos años yo tenía una fuerte necesidad de ver muertos, y esa necesidad la voy representando en todo mi trabajo. ¿Por qué? Porque yo me sentía como una hija no deseada, y porque estaba absorbiendo el infierno que estaba siendo representado en mi universo y en mi país. Lo más interesante no eran los decapitados para mí, ni los muertos, ni las torturas, porque llega un momento en la vida en que dejas de sentir. Lo más interesante fueron los momentos relacionados con el infierno. Los niños que te encuentras a las tres de la mañana, a las cuatro de la mañana, ya no son niños, cuando están caminando entre los muertos: son demonios. Trato de mirar hacia dentro, miro hacia dentro de las personas.

Con un especial interés por la fotografía con gestos performativos y cinematográficos, Liza Ambrossio busca dar una respuesta humanista a los misterios psicológicos, biológicos y místicos, y persigue resolver su historia personal a través de la exploración de lo siniestro, que ocurre cuando desaparecen los límites entre la fantasía y la realidad.

L.A.: Todo mi trabajo está lleno de transformaciones y de construcciones. Pinto dentro de mis fotografías, me asocio y me convierto en una especie de bruja. Acepto algo que a mí me generaba vergüenza o un complejo dentro de mi familia, que era el hecho de que mi familia practicaba la brujería abiertamente. También hay una relación psicoanalítica en todo mi trabajo: la máscara de personalidad, y cómo nos construimos una personalidad frente al otro y dentro de casa. Tengo una fuerte relación con lo pictórico, con lo performático, y con la religiosidad oscura. Con encontrar cosas maravillosas en los lugares más extraños. Tengo un deseo de salirme de todo tipo de estructuras; religiosas, de género, familiares, culturales… de todo tipo. Quiero libertad. Deseo libertad. Construyo libertad.

“Que te vaya bien, y créeme que de verdad espero que seas muy fuerte y audaz, para no tener piedad a la hora de destrozar tu cuerpo y aplastar tu alma la próxima vez que nos volvamos a encontrar.”

Esta es la frase con la cual la madre de Liza Ambrossio se despide de ella a sus dieciséis años. Tiempo después, en 2015, la artista recuerda estas palabras y, tras una abrumadora quiebra emocional, inicia una serie de imágenes entremezclándolas con lienzos pictóricos y fotografías de su archivo familiar.

L.A.: Cuando tenía 16-17 años, necesitaba una especie de conexión con mi madre, porque yo me sentía mal de no tener familia. Y mi forma simbólica de generar esa familiaridad y esa simpatía con esos personajes que habían vivido conmigo durante el principio de mi vida, fue hablar con la sirvienta de la casa familiar. La sirvienta de mi casa familiar llevaba toda la vida trabajando en ella. En México se acostumbra a que la sirvienta herede a sus hijos ser sirvienta, entonces tenía tres generaciones viviendo con mi madre. Esta señora decide llegar a un acuerdo conmigo. Cuando yo era estudiante, le empiezo a pagar para que robe fotografías del álbum familiar mientras yo vivía con mis amigos o buscaba la forma de sobrevivir fuera de mi casa familiar.

Ese es el origen de La ira de la devoción, un proyecto que rinde culto a la magia, la brujería, el espiritismo, el chamanismo, lo esotérico…, mostrando la historia de una mujer que enfrenta la destrucción del mundo que no le permite crecer y crear, y empieza a reconstruir, con los fragmentos, un orden diferente y propio.

L.A.: Durante casi ocho años, desde que tengo 16 hasta que cumplo 24, me dedico a estar generando brujería contra mi madre. Y esa brujería tiene una relación con mi cultura, pero también con el performance vienés. El performance vienés habla de retratar a través del cuerpo de otro; ya no me quiero lastimar a mí, lastimo al otro. Y veo hasta dónde me puede llevar el cuerpo del otro. A mí me encanta la idea de posesión, y me encanta la idea de deseo, y por eso empiezo a construir imágenes que a veces ya tienen una relación más con mi imaginario personal que con el imaginario real.

A través de diversas técnicas, como las imágenes de archivo, la intervención pictórica, el maquillaje, el collage, la fotografía digital y analógica, la artista comienza a crear su propio mundo, tropezándose y liberándose al conocer sus pesadillas, sus miedos y sus demonios. El concepto de “familia”, que provoca en ella una instintiva repulsión, está presente en toda su obra de una manera desgarradora y monstruosa.

L.A.: Hay un término científico que utilizo muchísimo en mi trabajo, que se llama epigenética. La epigenética dicta que todos tus traumas y todos tus demonios vienen en tu sangre: es imposible escapar de ellos. Si tienes un terror al agua, por ejemplo, es porque tu abuelo o tu tatarabuelo murió en el agua. Tú no le conoces, pero tu genética lo va sacando. Es lo más parecido al destino, pero genético.

Me adentro en La ira de la devoción, observando de una a una la selección expuesta de Liza Ambrossio. Nada más empezar el recorrido, me llama la atención la presencia de varias piernas de mujer. Y, además, cortadas.

L.A.: El cortar las piernas en todo mi trabajo tiene que ver con una relación con el nahual. El nahual es un tipo de bruja mexicana con la capacidad de asesinar por venganza. Para asesinar por venganza, necesita cortarse las piernas de una forma violenta: con un hacha, una sierra… Deja sus piernas en casa, y se convierte en un animal: un animal como un cuervo, un perro o un lobo. Mata, y se pone sus piernas otra vez, y nadie puede sospechar de él. Por eso yo voy relatando la historia de las piernas de mi familia. Mis páginas se devoran unas a las otras. Cuando tú vas viendo una de las páginas, las otras se comen. Yo hablo de la idea de devorar al otro, a mí me parece una cosa fascinante.

Las extremidades del cuerpo cobran protagonismo. Desvío la mirada y me encuentro con un brazo cubierto de caracoles. En seguida, casi por instinto, me miro las manos para comprobar que las mías siguen intactas. ¿Por qué tengo ese miedo?

L.A.: El simbolismo que hay algunas imágenes como esta, que es un brazo cubierto de caracoles, tiene una relación con las tentaciones. Yo soy un ser que se ha rendido profundamente a sus demonios y, al rendirte a tus demonios, te rindes a tus tentaciones, a tus deseos, y a las cosas más banales.

Una de las composiciones visuales que más me impacta de toda la muestra es, sin duda, la imagen de un bebé con los ojos cerrados, con el cuerpo de un hombre adulto. No sé qué tiene exactamente aquello, pero me abruma.

L.A.: Esta imagen es particularmente dolorosa y particularmente interesante por una motivación. El bebé que está allí es el niño muerto de una amiga mía de Argentina. Cuando muere, le tomo una fotografía. Y lo más interesante es que conecto la muerte de este niño con la vida, el vientre de un hombre de 50 años, que podría ser la edad de mi padre. Yo perdí a mi padre cuando era muy niña, y yo tenía una especie de deseo de nacer de un hombre, que es una cosa imposible. Y al ser una idea imposible, nace muerta. Por eso se construye toda esta imagen: es el Yin y el Yang, la muerte y la vida, la juventud y la vejez. Está representando muchas imágenes al mismo tiempo.

Me encuentro con varias fotografías antiguas, en blanco y negro, de escenas que me resultan a la vez extrañas y familiares. Quizá extrañas por las tradiciones que encierran, lejanas a mi cultura, sin embargo familiares por las miradas y los rostros de las mujeres, que me hablan de una angustia común.

L.A.: Esta otra imagen es una de las piezas más extrañas que encuentro en mi álbum familiar y que ha fascinado a muchos historiadores, porque no se hubiera conocido si yo no le hubiera pedido a la sirvienta que la robara. Esto es un velatorio mexicano, más o menos de hace cien años. En las manos del muerto hay un lazo, y todas las mujeres miran con odio, nadie mira con amor al muerto. Sin embargo, los hombres doblan los rostros, bajan las cabezas, tienen miedo. Las mujeres se liberan, surgen del infierno, y es una cosa maravillosa, porque ni siquiera la niña es inocente en esta imagen. Atarle las manos a un hombre en la imaginería mexicana de hace 100 años era desear que tu esposo no pudiera volver a por ti de la muerte. Y tú, como mujer, podías gastarte el dinero de ese hombre, tener otros hombres, vivir tu vida, ser libre por primera vez. Es una cosa muy interesante dentro de un universo machista, que es la construcción de la cultura mexicana.

La ira de la devoción, tan repleta de lazos y vinculaciones, me somete a crear conexiones en mi recorrido de manera casi inconsciente. Tras observar la mirada de las mujeres, me acerco a otra imagen tentadora: un ojo con dos pupilas azules en su interior. Sé que no es una imagen manipulada. Quiero entenderlo.

L.A.: Durante casi cuatro años trabajo con un doctor. Soy una fascinada de la medicina. Y en ese tiempo me dedico a investigar enfermedades extrañas junto a él. Él es uno de los mayores especialistas en México. Y esta es una enfermedad: cuando tienes dos iris no puedes ver, eres ciego.

Dos pupilas en un ojo. Algo que parece una fantasía y, sin embargo, es una horrible realidad. Ahora entiendo las palabras de Liza, cuando dice: “En La ira de la devoción descubro que, aunque miro, no quiero mirar, porque cuando lo que habita en mi serie mira, es completamente monstruoso.” De pronto observo a un hombre sin pies, ¿es real?

L.A.: En Asia los fantasmas no se representan como se representan en el universo occidental. El universo occidental los representa con túnicas o algo por el estilo, o transparentes. En Asia se representan sin pies. Es la forma en que tú sabes que estás viendo un muerto. Yo estoy viendo muertos en todo mi trabajo. Relato también la relación de lo demoníaco y lo diabólico con lo humano, como la verdadera representación de la personalidad. Hablo también de la posibilidad de la enfermedad mental y la locura, y de la capacidad de ver muchas dimensiones de una personalidad en un mismo cuerpo. Mi rostro se multiplica, y me convierto en otro.

Me hago una confesión mental: “El trabajo de Liza es muy femenino, a pesar de contener tanta brutalidad.” A pesar de. ¿Acaso feminismo y brutalidad se contradicen? Al instante, Liza me responde:

L.A.: Mis manos, en mi trabajo, se convierten en arañas: arañas que van cayendo por las paredes y que relatan la historia de la magia. Mis piernas y mi cuerpo se convierten en el lienzo de mi trabajo; dibujo sobre ellos, genero una sensualidad y un erotismo que tiene una fuerte relación con lo femenino, con el deseo, con la pasión, con el amor, con la locura. Las mujeres en mi trabajo siempre viven, nunca mueren. Los hombres mueren. Los hombres caen. Los hombres se debilitan en mi trabajo. Mis mujeres son femme fatales, no son mujeres débiles. No hay tristeza en mi trabajo. Hay sangre, hay espiritualidad, hay locura, hay inteligencia y hay maldad.

Las piernas de Liza se conectan con un lago en el que nadan barcos de papel. Veo una mano asomada en la imagen, que coloca las piezas de una en una.

L.A.: En México se cree muchísimo en los rituales para liberarse. Cuando yo era muy niña, me llevaban a los ríos, y en los ríos había que tirar muchas flores. Tirabas flores por horas, hasta que te cansabas. Cuando te dolían los brazos, dejabas de tirarlas. La idea era sacar la tristeza, pero a mí nunca se me quitaba la tristeza. Yo realmente nunca supe por qué estaba tan triste. La relación interesante de este trabajo es que los barquitos que voy poniendo se convierten en una especie de deseo de irme lejos de mi casa, y funcionan en el momento en el que me voy y empiezan a suceder cosas, y que ese hálito de bruja me permite realizar mis deseos.

Llego a la última composición de la muestra. Hay fotografías y fuego. El archivo familiar está ardiendo, y Liza lo captura:

L.A.: Como última imagen de mi trabajo, hago un último ritual de brujería, que es quemar todas las imágenes de mi álbum familiar, como el deseo de echarlos a todos de mi vida. Es piromaníaco y, a la vez, es también una puerta a la liberación y a la locura, que me permite hacer un trabajo mucho más denso. Yo hago una brujería que espera que mi familia se olvide de mí, que espera que no haya más de mi existencia en esos relatos. Mato mi pasado y mato mi futuro. Hay mucha violencia en el trabajo, hay mucha pasión y hay mucha devoción.

Termino el recorrido, y me vienen a la mente las palabras de Alberto García-Alix:

“Liza es amor y odio, es la belleza y lo terrible, es de este mundo y de otros. Su obra es su vida y su vida es su obra. Tiene la capacidad de envolvernos a todos y no soltarnos. Da miedo, nos aterroriza y también nos atrae. Porque tiene los demonios muy fuera y eso la hace una artista espectacular.”

Luiza Grigoryan
Luiza Grigoryan (Yerevan, 1995) es una periodista y fotógrafa armenia instalada en Madrid, España. Se formó en la Universidad Rey Juan Carlos y, más tarde, estudió fotografía en la escuela Too Many Flash. En 2017 comienza sus prácticas en la Radio del Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde ahora dirige OJO DE PEZ, programa que trata sobre el arte visual en todas sus vertientes. Como fotógrafa, desarrolla proyectos personales en los que se centra en temas como la identidad y el origen, entre otros. Actualmente, trabaja en la Embajada de la República de Armenia en España.

Deja un comentario