Texto de Fernando Castro Flórez, apropósito de la exhibición Chema Madoz. Ocurrencias y regalos (para la vista) en la Fototeca Latinoamericana en Buenos Aires.

«Desde que Dadá transgredió el orden establecido –advierte Maria Lluïsa Borràs– y la frontera entre disciplinas, cada vez se hace más difícil clasificar a los artistas, encajarlos en un género, y ello resulta particularmente evidente en el caso de Chema Madoz, que es y no es un fotógrafo, es y no es un poeta visual, es y no es un neoconceptual emergente, es y no es un representante del cutting edge internacional.

Hay en su obra aspectos de todo ello con el resultado de una vasta interacción entre todas esas cosas. Dice que se considera como un escultor objetual que trabaja desde el punto de vista de un fotógrafo y dice que la fotografía es para él poco más que un registro de memoria, que le permite fijar la idea». Lo cierto es que Madoz ha sabido sedimentar fotográficamente sus visiones metamórficas, sus singulares juegos objetuales, dotando, con su uso sistemático del blanco y negro, a la imagen final de una tonalidad «enigmática».

Algunos de los desplazamientos formales de este creador son mínimos, pero de una efectividad extraordinaria como la de colocar una escalera de madera sobre una de cemento o las composiciones de una fragilidad increíble (como las gotas enhebradas con un hilo de coser)

En el caso de las fotografías de Madoz ese acontecimiento mínimo adquiere todo el protagonismo, en asociaciones memorables, de una  contundencia poética sorprendente. Manuel Santos ha señalado que este artista crea extrañeza «combinando sobre la misma piel de la fotografía dos poderes que rara vez conviven: el poder de la descripción fotográfica y la sugestión de la imagen que solo ha existido gracias a la cámara».

La potente metamorfosis de lo real que emprende Chema Madoz ha sido comparada con los objetos poéticos de Brossa con el que evidentemente comparte tanto el sentido del humor cuanto la imaginación desbordada y la capacidad para conseguir asociaciones que parece como si fueran desde siempre «evidentes».

Christian Caujolle subraya que la obra de Madoz está articulada por unos objetos engañosos que detrás de su apariencia habitual «la que reconocemos (un sobre, un guante, un fósforo, un bastón, una balanza, un lápiz, etc.), porque nos es familiar, ocultan una extrañeza que produce una sensación nueva que impide considerar las fotografías de Chema Madoz como “naturalezas muertas”». Sin embargo, creo que, en muchos sentidos, esas obras son formulaciones novedosas del género tradicional de la naturaleza muerta.

No tengo ninguna duda de que Chema Madoz no se preocupa ni mucho menos avergüenza por las excursiones y excesos de su mirada, provocado por los guiños que hacen las cosas. Este artista atiende, con una sutileza absoluta, al pasar de las cosas que (nos) pasan, consciente de que «nosotros» estamos, literalmente, entre paréntesis.

No cabe duda de que las fotografías de Madoz son maravillosas ocurrencias (encuentros casuales, ocasiones o coyunturas, pero también pensamientos agudos, explosiones de la imaginación), cosas que acontecen, visiones repentinas que, sin embargo, ocupan un espacio privilegiado en la memoria.

Chema Madoz
Chema Madoz
Chema Madoz
Chema Madoz
Chema Madoz
Chema Madoz
Chema Madoz
Chema Madoz
Chema Madoz
Chema Madoz
Chema Madoz
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