Destruccion de Pompeya John Martin

El cielo ardía, las nubes parecían bruscas olas en las que todos nadaríamos para perdernos ante algo insólito y despiadado. A las orillas todos agazapados y con susto, el reflejo de la armadura rebotaba el dolor del de a lado, por lo que quise alejarme, dar muchos pasos atrás para poder salir de aquella escena. Esto es poco de lo que recuerdo el día que conocí Destrucción de Pompeya y Herculano (1822), de John Martin. El cuadro formaba parte de la exposición “Landscapes of the mind” en la que a pesar de mis diferentes experiencias estéticas, lamento mencionar mi falta de interés por unas fotografías antes de salir de la sala, ellas acabaron con mi asombro, en verdad terminé exigiendo que removieran las fotografías de esa exposición después de tener obras pertenecientes al Romanticismo y paisajes británicos.

Poco después quise investigar sobre ese cuadro y terminé por enterarme de su completa restauración, fue cuando mi asombro se congeló por un instante. Sabemos que las técnicas que tratan de restaurar obras son realmente fieles, pero lo que sucedió con este cuadro fue algo diferente, pues gran parte de la pintura se había perdido, dicho por Tim Smith (psicólogo involucrado en la investigación para la restauración) “querían conocer cual es la atención que un observador presta a las cosas que ve y cómo esta atención influencia lo que observa…Las decisiones que toman los restauradores cuando trabajan sobre una obra de arte tienen muy en cuenta cómo la pintura final será percibida por el observador.Al final se crearon cuatro versiones que se mostraron a diferentes personas que jamás habían visto la obra, con la finalidad de estudiar hacia dónde se dirigía su mirada. Adicionalmente, los restauradores contaban con una copia en miniatura, hecha por el mismo Martin, sin embargo el acto de imaginar la escena, encontrar la paleta de colores y ser un imitador de los trazos, convierte al restaurador en un observador ingenioso, pero algo que se mantiene en mente es el estudio para imitar.

Mi experiencia con Martin no ha cambiado, pero ya no puedo quitarme de la cabeza el fragmento restaurado. Lo es así porque hoy en día nos preguntamos: ¿cuándo observaremos algo nuevo?, ¿cuándo vamos a asombrarnos por una nueva creación?, las cosas se han visto muchas veces, etc. Y sí, yo misma lo he dicho, pero creo que nuestra experiencia ante el asombro está muy condicionada. Por ejemplo, si yo hubiera conocido la historia detrás de la restauración, aún sin ver el cuadro no hubiera experimentado esa experiencia estética, probablemente ninguna. Entonces ¿qué sucede con la producción fotográfica actual que inconsciente sigue imitando? Y digo inconsciente porque el bagaje visual individual tiende a ser colectivo y por eso una imagen resuena en otros; por eso se siguen repitiendo cosas, pero insisto si dejamos de condicionar nuestra capacidad perceptiva podríamos darle permiso al asombro de actuar.

A veces los factores externos que rodean, mas no construyen la imagen, son los que terminan por asombrarnos. Cuando leemos el statement del proyecto entonces cada imagen de 20 empieza a tener sentido, pero no debería ser así. Actualmente los festivales, concursos o cualquier lugar de exhibición de trabajos fotográficos / visuales, tienden a exigir un texto de apoyo o statement, a mi parecer me molesta el tener que entregar esto. Miren un trabajo no necesariamente necesita un texto, así como una imagen no necesita un título, pero esto hace que el fotógrafo de ahora se rompa la cabeza para escribir y no para fotografiar. Dependerá de las necesidades que genera el proyecto.

Si pudiéramos tener la misma energía cuando esperamos que una polaroid se nos revele al instante; esa ansiedad por descubrir lo abstracto que después tendrá forma, cada que conceptualizamos una imagen o cada que se tiene el visor ante nosotros para descubrir (aunque son acciones distintas) pero no, optamos por buscar la mejor locación, los mejores props para construir la mejor imagen que después tardaremos en pensar el título que llevará.

Cuando me piden que revise portafolios e imágenes individuales, siempre les pregunto antes de ver algo: fotógrafo/a, dígame ¿qué viene usted a mostrarme?, lo hago con el fin de poner nerviosismo, pero también para ver qué tantas palabras utilizan en su trabajo; si son pocas entonces, quiere decir que confían en sus imágenes y que ellas son las que hablarán, si es lo contrario, repito la pregunta como un recordatorio que no es sólo tener un dispositivo que registre una imagen. “Saber mirar una imagen sería en cierto modo, ser capaz de distinguir ahí donde la imagen arde, ahí donde su eventual belleza reserva un lugar a un signo secreto.” Georges Didi-Huberman. Necesitamos saber ver, mirar y sobretodo observar. Para asombrarnos hay que entender este ejercicio, pero en especial me dirijo a los creadores de imágenes: el asombrarse mientras construyen algo, los librará del ejercicio observo para imitar, ahí podremos descubrir el secreto que se esconde en cada imagen, para decir después ¡esto es algo nuevo!.

 

Karla Guerrero
Karla Guerrero (Ciudad de México 1993) Lic. en Comunicación Visual con Diplomados en Fotografía por la Academia de Artes Visuales y Fundación Pedro Meyer. Ha logrado exposiciones en diferentes países como México, España, Reino Unido, Grecia. En su trabajo explora el espacio poético, los acontecimientos entre objeto-sujeto, los límites de lo público-privado, detonando una reflexión ante la experiencia y causalidad de un entorno.

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