Texto de Irving Domínguez

Una precarización confortable

En muy pocas ocasiones, al menos en el ámbito de la fotografía mexicana contemporánea, se nos ofrece un trabajo cuya contundencia estriba en la economía de sus representaciones. La serie «Espacios de control» de Eduardo Jiménez Román elabora un discreto mapeo de los comedores donde los ensambladores u operarios de maquiladoras y otras empresas subsidiarias de corporativos multinacionales, localizadas en el norte del país, toman los alimentos a los cuales tienen derecho, aunque en un dispositivo arquitectónico que recuerda las soluciones decorativas y ergonómicas de los restaurantes de comida rápida.

Si bien las especificaciones sobre funcionalidad, eficiencia e higiene respecto al manejo de grandes volúmenes de comida han dictado la configuración de estos espacios, también es innegable la presión bajo las cuales estas mismas empresas someten a sus trabajadores para saciarse cuanto antes y regresen a su línea de operación en el menor tiempo posible. Irónicamente estos comedores ofrecen un amplio menú de alimentos a través de los cuales la posibilidad de elección parece ilimitada. Además de los platillos principales también hay refrescos, máquinas dispensadoras de café, golosinas varias o comida chatarra que pueden obtener con solo insertar unas monedas y presionar un botón.

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Esta «abundancia» resulta una concesión tácita respecto a las principales características del empleo en dichas empresas: Salarios muy bajos respecto a otras áreas de la manufactura, alta rotación de personal, jornadas de trabajo extenuantes, imposición de una cultura laboral que busca prescindir de los sindicatos o de grupos organizados de trabajadores, movilidad limitada o completamente dependiente para transportarse hasta la fuente de trabajo, pocas prestaciones efectivas para las trabajadoras y sus hijos, etc.

En efecto, todas esas tensiones no están presentes en estas imágenes, porque dichos comedores son la punta del iceberg de un mundo laboral que está a punto de cumplir el medio siglo  de establecimiento en México y del cuál conocemos datos parciales, testimonios desgarradores aunque deshilvanados, estadísticas, cifras, tablas comparativas sobre sus rangos de inversión, producción y empleo, es decir, sólo fragmentos del tejido económico global al cuál hemos contribuido, nos guste o no.

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Lo que Eduardo Jiménez ha obtenido de su investigación pausada y subrepticia es un punto de inflexión en la intensa dinámica de estos conglomerados fabriles, un momento de calma, una suspensión de las fuerzas que animan esa maquinaria, para observar la desnudez de un sistema administrativo denominado trabajo. Justo antes e cumplir su función y facilitar el comienzo en la siguiente fase de las metas de producción.

Cuando alguno de nosotros entra a una tienda de conveniencia, compra un electrodoméstico digital, adquiere un smartphone, o paga el enganche del automóvil último modelo, hace exactamente lo mismo, contribuye voluntariamente con el funcionamiento del enorme red de corporaciones que lideran la economía mundial. Bien lo dice el refrán: «Nadie sabe para quien trabaja».

Coordenadas:

Casa de la cultura de Nuevo león, Monterrey, México

Marzo – Mayo 2015

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