Preguntaba Mario Benedetti ¿Y si dios fuera mujer? Una punzante interpelación que traspasa el terreno religioso y se expande a otras dimensiones donde también vale increparnos y, en este caso, revisar las visiones y ficciones de las mujeres en la fotografía. Un camino que, como el poema de Benedetti, puede albergar más hipótesis que certezas, más provocaciones que respuestas.

Al repasar la participación de la mujer en la fotografía nos encontramos una figura opacada por el protagonismo masculino, asociado culturalmente con -mejores y supuestas- destrezas en aspectos químicos, técnicos y tecnológicos. Una primera discriminación que vio a la mujer, por una parte, como “modelo” o “musa” de un artista varón que proyectaba sus deseos masculinos en una imagen femenina construida e idealizada; y por otra, como la esposa del inventor, la asistente del fotógrafo, la hermana de…, la hija de… un interminable juego de exclusiones donde, prácticamente, había que agradecer los espacios que la superioridad masculina “les daba” o “les dejaba”, sin reconocer que, mayoritariamente, fueron ganados con talento, decisión y creatividad.

En este contexto, no era extraño que algunas fotografías realizadas por mujeres fueran atribuidas –e incluso firmadas- por sus compañeros o maestros de oficio. El asombrarnos por el trabajo de las mujeres en la fotografía es, cuando menos, contradictorio -por no decir ofensivo-. Reivindicar sus aportes y legado no es un favor que deba agradecerse a la condescendencia masculina. Es un reconocimiento que, aunque válido y tardío, no deja de ser paradójico. Pareciera, entonces, que de las sombras se transitó al asombro ante la fuerza de sus trabajos.

Desde diversas áreas y en distintos momentos, las mujeres se abrieron espacios en los que resuenan potentes los nombres de Julia Margaret Cameron, Gertrude Käsebier, Berenice Abbott, Dorothea Lange, Lisette Model, Diane Arbus, Gerda Taro, Tina Modotti, Imogen Cunningham, Cindy Sherman, Francesca Woodman, Anja Niedringhaus, Lola Álvarez Bravo, Annie Leibovitz, Cristina García Rodero, Sandra Balsells, entre muchas otras que sobrepasan la visión predominante en la que solo les aprecia como modelos y objetos, más no como sujetos activos del hecho fotográfico.

En su artículo “La mujer como objeto (modelo) y sujeto (fotógrafa) en la fotografía” (2014), Ana Muñoz y María Barbaño González ofrecen un repaso histórico del tema a partir de la concepción de que, como el resto de las disciplinas artísticas, éste es un ámbito dominado por los hombres:

“El papel de la mujer en la fotografía fue por ello reducido durante mucho tiempo a modelo situado ante la cámara, objeto que fotografiar. Con el paso de los años, ya a finales del siglo XIX, la fotografía llegó a convertirse en una de las pocas actividades creativas permitidas al género femenino. A partir de entonces las mujeres trabajarán como fotógrafas en un campo artístico creado por hombres. Será desde los años sesenta, momento del auge definitivo de la reivindicación del movimiento feminista, cuando las mujeres se revelan a través de la fotografía para denunciar las injustas situaciones y roles que deben cumplir en una sociedad patriarcal, reivindicando, así mismo, el poder de construcción de su propia imagen, mediante el uso de sus propios cuerpos como espacios de creación y crítica.”

Entre las visiones y ficciones de las mujeres en la fotografía, otro aspecto importante es la búsqueda de una mirada propia, tal vez diferenciada, en la que vale preguntarse por las similitudes y diferencias, los puntos de encuentro y ruptura entre lo masculino y lo femenino, y su relación con la fotografía y la cultura visual.

La mirada femenina y el acto fotográfico concebido y producido por las mujeres están revestidos de múltiples interpretaciones en las que la sensibilidad y la vulnerabilidad parecen ser dos constantes que, en algunas ocasiones, se presentan como limitaciones y en otras como oportunidades. El fotoperiodismo ofrece, en este sentido, numerosos ejemplos que ilustran  anécdotas y travesías de las mujeres detrás de las cámaras, evocando la sublime distinción de la mirada femenina, no exenta de contradicciones y obstáculos que requieren ser revisados y revalorizados, sobretodo revalorizados desde la propia identidad y no desde las prefiguraciones, convencionalismos y tradiciones. Esto implica retar nuestros sentidos y nuestra imaginación, sin sombras ni asombros, sino con la osadía del poeta –que aunque ateo- interpela el género inasible y la feminidad insondable de dios.

JOHANNA PÉREZ DAZA: Periodista, magíster en relaciones internacionales, cursando actualmente un doctorado en Ciencias Sociales. Coordinadora de la maestría en comunicación social de la UCV. Investigadora y docente del Instituto de Investigaciones de la Comunicación (ININCO – UCV). Cursó estudios de fotografía en la Escuela de Artes Visuales Rafael Monasterios y en Prada Escuela de Fotografía, además de realizar seminarios y talleres con maestros nacionales e internacionales. Su trabajo de grado en comunicación social sobre la fotografía periodística obtuvo mención honorífica y publicación. Ha publicado artículos académicos en revistas nacionales y extranjeras, así como conferencista en diversos eventos académicos y culturales. Ha sido profesora de: fotografía publicitaria y fotografía periodística (Universidad Bicentenaria de Aragua). Actualmente dicta talleres de “narrativa fotográfica” y las asignaturas “visiones y ficciones de la fotografía” (Escuela de Artes UCV), “Imagen y comunicación en la Sociedad Red” (Maestría en Comunicación UCV). Es asesora, tutora y jurado de trabajos de grado relacionados con la fotografía.

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