Texto de sala por Juan Antonio Molina

 El guión museográfico de La revolución revisitada propone varias lecturas yuxtapuestas. La más evidente es la narrativa lineal, ajustada a una cronología sin demasiados sobresaltos. Siguiendo esa estructura la exposición narra la contradicción entre dos momentos históricos, pero también entre dos subjetividades. Primero las fotografías de la década de 1960 exponen al pueblo definido como sujeto colectivo, unido y vital, siempre concentrado en una misión y consagrado por la historia. Sujeto heroico y seductor al mismo tiempo. Sujeto joven y enérgico. Después las fotografías de la década de 1990 muestran a un sujeto descentrado y fragmentado, ensimismado y aislado. Aparecen los ancianos y los desvalidos. Aparecen las ruinas. El escenario sigue siendo el espacio público, pero ya no hay un sentido de pertenencia. O la calle dejó de pertenecer al pueblo o lo que el discurso oficial consagró como “pueblo” dejó de existir. Lo que comienza con el retrato de un miliciano termina con la fotografía de unos jóvenes vendiendo dólares.

En el texto sobre la revolución se infiltra un subtexto sobre la fotografía. Desde ahí podemos hacer una lectura estilística. El mismo Paolo Gasparini ha explicado que en Cuba se vio obligado a cambiar de cámara: “De la cámara réflex de medio y gran formato, que empleaba siguiendo a Strand, uso la versátil 35 mm, la cual obviamente transformó la manera de ver y captar la realidad con una rapidez abismal.” Esto no es solamente un cambio técnico, sino también estético e ideológico. Los dos retratos con que comienza la exposición todavía pueden afiliarse a la estética de Strand y responden a una búsqueda de profundidad psicológica en los individuos fotografiados y una búsqueda de densidad simbólica en lo que estos individuos representan socialmente. El resto de las fotografías del período revolucionario buscan la acción y contienen ya los elementos principales del estilo de Gasparini como fotógrafo de la calle. Por una parte se nota su tendencia a descentrar la composición, organizando el espacio sobre ejes transversales y dejando en los bordes del cuadro algún elemento de mayor expresividad: el policía que mira a la cámara en la escena de las mujeres ataviadas para el carnaval, la muchacha que hace un gesto dramático en la despedida de los trabajadores que parten a la zafra, o la cabeza de la mujer negra en la fotografía del recibimiento de los alfabetizadores en La Habana.

Por otro lado se advierte la manera en que la fotografía codifica el espacio público como espacio textual. Toda la obra -fundamentalmente urbana- de Paolo Gasparini está marcada por esa fascinación por los elementos textuales e icónicos que aparecen en las calles y que se inscriben en la imagen fotográfica. En La revolución revisitada el efecto de trans-iconicidad alcanza un rango algo más amplio. La imagen del Che, en los muros de la ciudad (véase El Che en las calles de la Habana, 1972 o Retrato del Che en el puerto de la Habana, 1991) tiene que convivir con la imagen de Washington en el billete de un dólar (Exhibición y venta de dólares, 1994) o con la imagen de San Lázaro (Procesión en Santiago del día de San Lázaro, 1994) o con las borrosas imágenes de Cristo en una confusa transacción callejera (Venta e intercambio de imágenes, 1994). No es que el mismo gobierno cubano no se haya esforzado desde el principio en generar una zona de ambigüedad entre revolución y culto o entre líderes y apóstoles, pero en las fotografías de Gasparini, realizadas en la década de 1990, lo que se ve es el ocaso de unos ídolos y su sustitución por otros, demasiado humanos. La fotografía donde aparece un retrato de Julio Antonio Mella, desmarcado y casi a punto de caer, en la sala de un tribunal de La Habana, es un buen resumen de ese ocaso.

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