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PORTAFOLIO #3  Felipe Rotjes

Nacido en Caracas(1988), Felipe Rotjes es un joven fotógrafo que trabaja el tema de la identidad sexual en el hombre. Egresado de la Universidad Santa María en audiovisuales, ha dirigido su inquietud expresiva hacia la imagen fija, realizando estudios especializados en la escuela de fotografía del artista venezolano Nelson Garrido.

El erotismo, la duda, la identidad, el sexo, el hombre y su entorno o el hombre y su sexo, son los temas recurrentes en su fotografía, que lejos de dar respuestas, cada imagen es una gran interrogante, una puerta abierta a muchas interpretaciones y muchas dudas que el autor captura y ordena en sus puestas en escena.

LA SERIE

Máquinas

La orquídea tiene la imagen y el color de la avispa hembra. Atrae a la avispa macho para poder reproducirse. El mismo rito se cumple entre el trébol rojo y la abeja. Estos ejemplos muestran que la realidad es dispersión de máquinas. El aparato reproductor de estas plantas, o parte de sus aparatos reproductores, son máquinas que se acoplan y desacoplan más allá de cualquier individualidad. No hay estructuras, hay flujos. No hay causas hay solo efectos que surgen desde entrenados de sentidos que, a su vez, producen sentido.

Las máquinas molares son sociales, técnicas y orgánicas. Las moleculares, deseantes. El sujeto se constituye en las conexiones de lo molar y lo molecular. La líbido es la energía de las máquinas deseantes. No hay sublimación en sentido freudiano, hay producción. La intensidad desean circula por todas partes. La sexualidad es una codificación social del deseo.

El deseo no tiene sexo, no reconoce sexo. Es la sociedad la que obliga al deseo a ser asexuado. Los soldados nazis solían tener erecciones durante los discursos de Hitler. Las mujeres italianas le suplicaban a Mussolini que las embarazara. Esto muestra, por un lado, lo errático del deseo y, por otro, su codificación en objetos determinados. 

En principio, el deseo no tiene por objeto a personas o cosas aunque, en la práctica, se acumula en un sujeto o en un objeto determinado. Se trata de zonas de «saturación del deseo». Estas zonas están establecidas para el mejor control social. ¿Cómo podrían manejarnos si amáramos a un hombre y, de pronto, a una mujer, y ocasionalmente, a un animal, y así sucesivamente? «Hay solo dos sexos», dice el discurso oficial en un intento de ponerle etiquetas identificatorias a una masa amorfa de intensidades a las que Marx denominó «sexo no humano». Es decir, deseo descodificado que finalmente aflora en los sujetos.

El deseo, en sí mismo, es nómada. Se alimenta con fragmentos libidinales, se potencia, se agiganta. Cuanto más inconsciente, más gigante. Pero la líbido no pasa a la conciencia sino en relación con cuerpos o personas determinadas. Se trata de puntos de conexión. Son los puntos en los que (con los que) hacemos habitualmente el amor. Creemos que hacemos el amor con uno. Aunque, en realidad, hacemos el amor con muchos. Mejor dicho, normalmente hacemos el amor con una sola persona. Pero esa relación es posible por toda la potencia que ha cargado a través de miradas, roces, pensamientos, lecturas, sueños y la infinita variedad de estímulos que recibe cualquier ser vivo. El sueño de la razón engendra monstruos.

Hacemos el amor con las infinitas máquinas que potenciaron nuestro deseo provenientes de múltiples personas, animales y objetos. Máquina ojo-ojo, máquina gesto-mirada, máquina roce-escalofrío, máquina miembromiembro, máquina labios-pelo, máquina mano-nalga, aunque normalmente solo lo concretamos con una persona por vez (o para siempre). No obstante, con esa persona también se establecen circulaciones y cortes. Hay algo estadístico en nuestros amores. Pero tanta estadística, casi siempre, se conecta con un solo partenaire. La pareja es una miniatura del deseo.

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